Kunenbo
Antes de que terminara mi estadía en Okinawa en 2006 aproveché de ir a diferentes librerías y comprar algunos libros que sabía no conseguiría en Argentina. Entre ellos, uno infantil que se llama «El mundo de los antiguos cuentos de Okinawa» (沖縄昔ばなしの世界 / Okinawa mukashi banashi no sekai) de Ishikawa Kiyoko.
Así como éste, dejé varios libros sin leer, juntando polvo hasta que hace poco decidí que el libro ya había cumplido la mayoría de edad y era momento de leerlo.
Cuando lo compré ni siquiera reparé en si lo podía leer. En varias ocasiones me he encontrado con libros con expresiones, gramática más compleja y kanji que no conocía. Con los manga creo que la experiencia ha sido peor.
Sin embargo, con este libro no sucedió. Lo comencé a hojear y la redacción resultó bastante amena para mis primarios conocimientos. Con diccionario en mano pude pasar por los primeros dos cuentos sin mayores inconvenientes, lo cual resultó en un aliciente para a seguir leyendo.
Trataré de volcar mi interpretación del primer cuento que se llama «Haha no ki (母の木)» que en español sería «El árbol de mamá».
Cuenta la historia de un niño llamado Kamaa que había perdido a su padre en una horrible tormenta y tiempo después, en un día de invierno también a su madre debido a un resfrío que había derivado en un cuadro más grave.
Pasó mucho tiempo cuidando la tumba de su madre. Las estaciones pasaron y un día en un sueño escuchó a ella decirle:
«Kamaa, mamá está bien, por favor volvé a casa y descansá. Ya no tenés que preocuparte más por mí. Gracias.»
Kamaa se despertó de golpe y al lado de él había un perrito blanco. Así que lo llamó “Shiro” (blanco), quien estuvo siempre a su lado para reconfortarlo.
Pasaron los años, Kamaa se casó y tiempo después un hijo. Al año Shiro falleció con un último suspiro y fue enterrado en un rincón del jardín.
Al poco tiempo, en ese rincón donde había enterrado al perro, salió un brote al que Kamaa consideró que era un regalo de su madre, como lo había sido Shiro, por lo que lo cuidó con dedicación.
Así como su hijo iba creciendo, al mismo ritmo también lo hacía el brote para convertirse en árbol. Al noveno año, el árbol se llenó de flores blancas que pronto dieron un fruto dorado de un dulzor ácido.
A esta fruta se la llama kunibu en okinawense, o kunenbo en japonés y se escribe 九年母 donde:
九: (ku) nueve
年: (nen) año
母: (bo) madre
Esta fruta representa el recuerdo y sentimiento que tenía hacia ella.
Este fruto no es ni más ni menos que la querida mandarina.
Según Wikipedia, esta mandarina denominada citrus reticulata, fue introducida desde China durante el período Muromachi (1336 - 1573) y se encontró que genéticamente fue la especie originaria de las actuales mandarinas japonesas, la variedad Satsuma y Kishu.
Nunca la probé. Quedará probarla en un próximo viaje a Okinawa.



