Habu y un relato fantástico
Tal vez una de las palabras más escuchadas en Okinawa sea habu.
Habu es una especie de serpiente venenosa que se encuentra en las islas Ryūkyū (pertenecientes a la prefectura de Okinawa). No es raro que en algunas islas haya bastantes incidentes de mordedura de ésta. Si bien no es fatal en la mayoría de los casos, puede dejar secuelas permanentes si no es tratada a tiempo.
Es tan importante en la cultura local, que su piel se utiliza para la construcción de instrumentos como el sanshin. También se la utiliza para hacer habushu, un licor hecho con awamori1 que dicen posee propiedades medicinales.
Y el habu no iba a quedar exento de formar parte del folklore japonés, el que tal vez tiene los relatos más fantásticos y grotescos que uno pudiera imaginar.
La imagen de la serpiente pueden tener connotaciones positivas, como ser espíritus protectores o con propiedades curativas y en otros casos negativas, siendo consideradas de mal agüero.
Hace muchos años, fascinado e inspirado por este folklore, me tomé el atrevimiento (el lector sepa disculpar) de escribir en relato fantástico aggiornado.
Procedo a transcribirlo, pero no te olvides de:
Okinawa es a simple vista, una pequeñísima porción de tierra y rocas en el Océano Pacífico que parece ser insignificante o irrelevante. Sin embargo es una tierra de historias fantásticas, increíbles y además terribles. A lo largo del tiempo ha sabido acumular muchas batallas y desgracias.
Actualmente —y desde el fin de la Segunda Guerra Mundial— los huéspedes son los soldados norteamericanos y se sabe bien de los desmanes que hacen los mismos en tierras ajenas. Antes de que la islas Ryūkyū fueran devueltas a Japón, lo que ocurría allí, no lo sabía nadie más que los locales y el ejército.
Para mi tío, la isla era solo un recuerdo lejano y del que no quería volver a vivir. Ahora estaba afincado -casi- en las antípodas.
A los 17 años había llegado a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Treinta y cinco grados de pegajoso y húmedo calor selvático a las 10 de la noche, era peor de lo que había imaginado. Había escuchado por conversaciones de adultos que el clima y el paisaje eran muy parecidos a los de su tierra natal. Aunque para él, su tierra natal era una devastada colina árida y gris.
Vivir en aquella Okinawa de post-guerra era escabullirse en la madrugada tratando de no ser vistos para robar un poco de aceite de los camiones del ejército norteamericano y así poder freír los tubérculos que encontraban durante el día en los devastados campos. Era jugar a metros de una pista de aterrizaje y esperar recibir dulce de algún soldado que vieran, rogándole con un “nandemo give me” (lit. “deme cualquier cosa”).
Pensaba que esa vida era dura y que eso era el infierno en la Tierra, pero donde había arribado recientemente era casi una extensión del mismo. Apenas llegado, le había picado un insecto que jamás había visto y mucho menos sabía cómo se llamaba. Deambuló todo el día con el brazo hinchado y adolorido mientras que con el otro, machete en mano, se abría paso por la selva tropical junto a su familia. Sus primeros años en aquel lugar fueron duros: trabajo a sol y sombra, abriendo caminos, levantando casas y hasta una humilde escuela.
Él, junto a otros fueron los pioneros de la colonización de aquellas tierras a la que llamaron “Colonia Okinawa”. Ambas Okinawa (la de Sudamérica y la de Asia) se parecían por el calor y por el sacrificio que debía hacerse para sobrevivir, aunque la de aquel departamento boliviano era más fértil y prometía un mejor futuro.
Muchos años después, mientras caminaba con mi tío por los campos de la colonia, me contó la escalofriante historia de los habu gigantes. Los habu llegan a medir hasta un metro y medio pero él juró haberlos visto más grande y la historia que me relató —con un detalle de dudosa veracidad— fue de lo más escalofriante.
Corría el año 1967, los Estados Unidos estaban en plena guerra de Vietnam y la isla era el punto de reunión de muchos batallones norteamericanos que partían desde allí para ir a combatir la revolución comunista que se estaba gestando el sudeste asiático.
Cada vez llegaban más soldados y de a poco —gracias a la intervención norteamericana— se iba reconstruyendo lo que en algún momento era cenizas. Los burdeles proliferaban conforme más soldados arribaban al archipiélago.
David McCarthy salía de tomar unas cervezas con sus compañeros del campamento Hamby (hoy Camp Foster). Eran las 9 de la noche y ya estaban todos ebrios.
Muy pocos automóviles circulaban por las nuevas calles asfaltadas de la ciudad de Chatan. Los marines iban tambaleándose por la angosta vereda.
Uno de ellos propuso terminar la noche en un cabaret que conocía por la zona pero David no acostumbraba a ir a esos lugares. Era una persona muy cristiana y creía en sus los valores familiares, por lo que decidió volver solo mientras sus compañeros se dirigían al burdel.David caminaba por la costanera con la mirada nublada por el efecto etílico. De repente sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Pensó que seguramente había sido efecto de la brisa costera.
Entre las rocas vio a una niña de pie observando el mar. Muy joven, apenas habría terminado la primaria y le llamaba la atención que estuviera allí sola. Su cabello lacio y largo era tan oscuro que casi no podía diferenciarlo de la oscuridad de la noche. Sólo lo notaba por un movimiento de ondas oscuras que bailaban sobre la blanca piel de la niña.
Se acercó a preguntarle:
– What are you doing here? It’s a bit late. Isn’t it?La niña, dándole la espalda no le contestó. El mar se había puesto bravío y picaba las rocas con sus gotas, como si fueran alfileres.
Otra voz masculina a lo lejos lo interrumpió.– David, let’s go back now! Who is she?
Era uno de sus compañeros que había salido del bar un poco después y lo había seguido cuando vio que David se desprendía del grupo.
– I don’t know… —dirigiéndose a ella— Can you speak English? . “O namae wa”? — era la única frase en japonés que había aprendido.
La joven se dio vuelta.
– Chiyo.Fijó en él sus ojos, otro escalofrío le corrió por la piel al soldado. Las renegridas pupilas de la niña eran tan grandes que verla profundo a sus ojos era como caer hacia el interior de un vacío.
Chiyo bajó la mirada y se fue hacia unos cañaverales cercanos saltando las rocas torpemente. El joven marine la siguió y su compañero no lo pudo detener ya que apenas se encontraba en condiciones para caminar.
Desde ese momento no se supo más de David.Era primavera, bastante lluviosa como la mayoría de las primaveras. Hacía tiempo que Kiyoshi no visitaba a su hermano Satoshi que vivía a poca distancia de su casa. Vivía más allá de unos cañaverales que cultivaba en Ganeko y que estaban a casi un kilómetro de su casa.
Eran las 6 de la mañana y Kiyoshi cargaba sobre sus hombros cansados un machete. El campo de caña de azúcar se encontraba antes de una pequeña loma. Justo del otro lado de la misma, a unos trescientos metros se encontraba un manantial artificial y el criadero de cerdos de su hermano. La casa de su hermano se encontraba al pie de la loma.
De un momento para otro comenzó a caer una copiosa llovizna, las gotas no hacían más que exacerbar más el húmedo calor. El vapor comenzaba a aflorar otra vez entre la vegetación.
Fue bordeando el camino al lado de la loma, la vegetación se iba tornando cada vez verde. El suelo parecía hundirse, como si lo cubriera una capa de material en estado de descomposición. Los árboles se hacían cada vez más frondosos al punto de tapar la luz y no dejar que las gotas lleguen al suelo. Le pareció muy raro no escuchar el chillido de los cerdos.
No estaba al tanto de que su hermano hubiera abandonado la huerta, todo estaba en su lugar pero se sentía una escalofriante desolación.
La casa estaba abierta de par en par, así que seguramente si alguien se había ido, no había sido muy lejos.
– Chaabirasai2. Satoshi-san?Nadie respondió. Supuso que tal vez su hermano y su esposa se habrían ido a hacer alguna labor no muy lejos. Esperó sentado unos minutos en la entrada de la vivienda.
Impaciente, decidió caminar. Subió por la loma para ver si estaban en el criadero de cerdos. La piara se hallaba en su corral. Sin embargo ningún animal emitía sonido y se encontraban en estado de alerta. Lo más extraño es que no había visto a los críos.
Se escuchaba el ruido del aleteo de las moscas casi ensordecedor y se dirigió al origen del mismo, detrás de una casilla cercana, que servía de baño.
Lo que encontró en ese lugar era algo que jamás hubiera podido imaginar. El cuerpo de su hermano, lacerado y en estado de descomposición, cubierto por una mucosa naranja. Algo por debajo de la piel del muerto se movía con violencia. Vomitar fue lo inevitable —y lo primero que hizo— ante semejante situación. No podía emitir palabra, apenas unos gemidos.
Salió corriendo por un sendero que se abría entre los cañaverales y en esa locura por escapar le pareció haber visto entre los mismos una niña pero cuando se dio vuelta no había más que cañas moviéndose al compás de la brisa.
Sadao Adaniya, de 8 años, era lo que en esa época podrían haber catalogado como niño tonto. En verdad no era más que un niño autista, pero la gente de campo, precisamente en esa época, no sabía lo que era eso y cómo tratarlo. Su madre, Yoshiko lo cuidaba lo mejor posible pero con sus labores en el campo había pocos momentos en que podía dedicarle al niño que no iba a la escuela ni tampoco ayudaba con los quehaceres de la casa. Ese día Yoshiko se había ido al mercado en un camión de un conocido que levantaba a varios vecinos para que puedan hacer trueque en el mercado de la capital con lo obtenido en sus huertas.
El niño había zafado de la soga que tenía en su tobillo y lo ataba a una columna de la galería de su casa. Se asomó por la ventana subido a una silla para otear lo que ocurría en el mundo exterior. Una oleada de áspera luz que se filtró entre los nubarrones le iluminó la mitad superior del rostro y por unos segundos quedó ciego hasta que su visa se adaptó y observó que en la huerta había una niña sentada en posición de seiza con los ojos entrecerrados, como si estuviera meditando. Estaba vestida con un vestido blanco, delicado, pero sucio.
Salió de la casa para dirigirse hacia ella. Se sentó justo enfrente de la joven apoyando el mentón sobre las rodillas y la observó casi sin expresión, pero fijamente. De fondo se escuchaba el mar que golpeaba contra una playa coralina. La casa estaba a escasa distancia de un acantilado y desde allí podían verse la mayoría de las casas del pueblo.
Gensuke era vecino de los Adaniya y de vez en cuando pasaba por la casa utilizando cualquier excusa para poder hablar con Sadako de 14 años, la hermana mayor de Sadao. Generalmente aparecía por la huerta ya que la misma daba a un camino que desembocaba a la playa.
Mientras se iba acercando y abriéndose entre la vegetación, solo vio al niño sentado en un costado de la huerta, lo cuál le pareció extraño ya que nunca sale de la casa. Corrió con su brazo una planta de hibisco y desde allí, a unos diez metros observó la escena.
Estaba Chiyo sentada allí. Era una vecina que vivía a unos 500 metros de la casa. Gensuke no podía emitir palabra, estaba quieto en su posición de observador. Ya había perdido la cuenta de cuántos minutos estuvo observando esa escena. Todos estaban en absoluto silencio.
“¿Qué hace Sadao con Chiyo?” se preguntó.
Apenas cruzado ese pensamiento, la niña se avalanzó sobre sobre Sadao mordiéndole el cuello primero mientras con sus manos sujetaba las muñecas del niño para que no pudiera defenderse. Después, lo que presenció —y contado de manera textual— fue que la niña descolocó su mandíbula y comenzó a engullir rápidamente al esmirriado niño como si fuera una serpiente.
La consumición ocurría mientras el mundo alrededor seguía su curso; un saltamontes escalaba las hojas de una planta haciendo que ésta se curvara, un sendero se iba surcando con el andar de las hormigas, el mar golpeaba las rocas y la brisa del mismo silbaba por los campos de caña de azúcar.
Gensuke con los ojos desorbitados y mudo del terror no hizo más que quedarse estático como una estatua, parecía que todos sus miembros habían muerto y estaba clavado en el suelo.
Terminada la deglución del cuerpo, la joven se retiró lentamente por entre la vegetación. Un súbito aguacero se abatió sobre la aldea.Ni siquiera el agua pudo despertar a Gensuke del trance; desde esa aberrante experiencia, no pudo volver a articular más una palabra. Había quedado completamente mudo y por muchos años permaneció así. Volvió a recuperar el habla, pero muchos lo habían catalogado de loco por su incoherente historia.
Eran las 6 de la tarde y estábamos en el medio del campo de trigo en Santa Cruz. Sentí una extraña sensación de que alguien nos estaba observando y volteé para contarle a mi tío.
Me dí cuenta que él se había quedado atrás mío, de espaldas y con la boca abierta. Me acerqué y le dije:
– Tío Gensuke, tuve una sensación rara de que…
Su mentón temblaba mientras trataba de articular palabras mirando hacia una supuesta nada.
– No puede ser… —se dio vuelta entre lágrimas— ¡Es Chiyo, no hay forma de escapar!
11 de enero de 2012
Existen historias mucho más escalofriantes sobre serpientes y otros seres mitológicos que están muy bien documentadas en el blog Hanashi que se dedica a difundir la cultura japonesa y sobre yōkai (criaturas fantásticas) del folklore japonés.
También recomiendo el sitio Yokai.com, que es una clase de enciclopedia de yōkai.
Destilado okinawense a base de arroz.
“Hola, con permiso” en idioma okinawense.







